Lo portentoso fue que un día, en la calle, mi madre señaló a una chica de mi edad. ¿Sabes quién es?, dijo. No, dije yo. Es, dijo mi madre, la niña que no murió en el accidente. Dijo eso y se quedó callada, creo que observándome. No era necesario que añadiera nada más, pues en mi vida solo había habido un “accidente” (también en la de ella, por lo que con el tiempo iría averiguando). ¿Qué accidente?, pronuncié con todos los síntomas del pánico empujando desde los intestinos. El del puente, logró articular ella reprimiendo también su miedo, ¿no te acuerdas?, hace dos años, cuando alguien tiró una bola de cristal a los coches que pasaban por debajo. Ah, dije yo, e intercambiamos una brevísima mirada repleta de un espanto de ida y vuelta.








