Eso no son gritos, son rugidos. Desde la grada zumban los chillidos y sobre la pista resuenan las voces de dos tenistas enfrentados a brazo partido. Novak Djokovic se desgañita mientras se da golpes en el pecho. “¡Dobro!”, se dice el número uno mundial. “¡Bien!”, se grita mientras Roger Federer, siempre tan contenido, desaprovecha dos puntos de partido en la quinta manga. En la cabeza del suizo bailan desde entonces dos fantasmas con ritmos sádicos. Jo-Wilfried Tsonga y sus tambores africanos ponen la música durante un rato y le recuerdan que en Wimbledon 2011, por primera vez en su carrera en los torneos del Grand Slam, cedió en un partido en el que mandaba por dos sets a cero. Al poco, el que se mueve en su cabeza y le machaca es el serbio, que hace un año, en el mismo escenario y la misma ronda, le venció tras superar otros dos puntos de encuentro en contra. Nole se lleva los oídos a las orejas. Quiere que sus sentidos se inunden de gloria: remonta un 0-2 y se clasifica (6-7, 4-6, 6-3, 6-2 y 7-5) para la final, contra el vencedor del duelo posterior, en la pasada madrugada española, entre Rafael Nadal y Andy Murray.













