A la espera de otro clásico apocalíptico, a nadie dejó más tocado el último que a Cristiano Ronaldo, mustio, crispado y errático desde entonces. Un perjuicio innecesario para el propio CR y, sobre todo, para el Real Madrid, que no es un referente de la Copa Davis, sino de un deporte colectivo, con jerarquías, pero gremial. Cuesta congeniar que el Ronaldo más amargo brote justo cuando el Madrid de los últimos tiempos aventaja más que nunca al Barça. No parece motivo suficiente para la felicidad del ídolo, que se mide a sí mismo ante el espejo. Competitivo al máximo por naturaleza, el fútbol debería situar a CR como un extraordinario solista al frente de un todo. Esa es su misión en el Madrid y la que finalmente, en cierto modo, nunca llegó a interpretar del todo en el Manchester United.





